Carlos “Talo” Reguera es el titular de la Cabaña Angus “Santa Cecilia” y, aunque no siempre transitó este camino, hoy es un cabañero apasionado por la actividad. Hace años, con su esposa, Sara Durán, ingeniera química, dejaron la gestión de la empresa familiar y, en 2014, compraron un campo de 550 hectáreas en el partido bonaerense de General Madariaga, sobre la autovía Ruta Provincial 56.
En diálogo con Aire Federal, luego del remate anual que tuvo lugar en General Madariaga a principios de octubre, Reguera hizo una evaluación de la jornada, pero sobre todo expresó cómo pasó de ser un empresario de la industria química a convertirse en un productor agropecuario y cómo vive el día a día en esta actividad que aprendió de cero.
“Antes de buscar la confianza de la gente, buscamos tranquilidad interior. No me cambia el resultado de un remate. Por suerte esta es una actividad en la que siempre tenés factores que no dependen de tu voluntad. Yo, que vengo de la industria, en eso tenés un molde y sacás mil o diez mil piezas iguales. Acá no pasa eso, porque acá es biología, con lo cual pudiste tener una buena calidad de animales un año y al otro año, no tenerla.
Los expertos dicen que la genética es el 30% y el medioambiente, el 70%. Vos no podés disponer sobre lo que ocurre en el medioambiente y eso lo hace muy interesante para el productor, para el criador, porque estás luchando con un factor que no dominás y al que tenés que adaptarte a cómo te vino. Esa ambigüedad, esa cintura para meterte en ese juego, es lo que lo hace sumamente interesante. Muchas veces te sale bien y algunas veces te sale mal, pero las veces que te sale bien te da satisfacciones tan grandes que te permite aguantar cuando algo te sale mal”, manifestó.
En cuanto a sus primeros pasos y el cómo se fue “haciendo” como cabañero, Reguero contó: “Viniendo de un lugar diferente de Madariaga, cuando llegué me aceptaron casi sin conocerme, lo cual me llamó la atención porque del lugar de donde provengo, de Buenos Aires, es a “cara de perro”. He tejido unos vínculos bárbaros con el resto de los cabañeros, por ejemplo, con aquellos de los que participamos de la prueba pastoril. Y lo que es maravilloso es que nadie esconde nada, todo el mundo te cuenta la mala, te tiran alguna buena, pero te cuentan el problema y el cómo lo transitó porque es su experiencia. Lo que siento, siempre priorizando la vida sobre todas las cosas, es que esta actividad, en la que tenés tantas cosas que no manejás, te prepara para enfrentarla y para lucharla. Es como si estuvieras en el medio del mar con una tormenta enorme con una lanchita, y la luchás y no te entregás. Casi diría que he copiado esa esencia interior que ellos me han transmitido, y no me voltea. Tal vez, en la intimidad, lo que llego a decir es “qué lástima que esta actividad no la empecé mucho antes”.